Pornofútbol

Escribí un texto para el Filhos Nuestros del Suple No, del Diario Página/12. ¿Maradona financiado por el porno? Mirá:

Las medias lo delatan: ese no es el Diego. Las piernas como macetas, la celeste y blanca haciendo percha en una panza de bomba atómica, la melena enrulada al viento, la finísima estampa de crack. A su lado, dos rubias presumen el inicio de algo grande. Todo parece coincidir. Sin embargo, esas medias no son las de la Selección Argentina. Y no, no es el Diego sino que es Ron Jeremy quien, vestido del mismísimo D10s, se emperna furioso, con una amarillísima banana incluida, a Cicciolina y Moana Pozzi, dos actrices míticas de los irreverentes años ochenta. En Cicciolina e Moana ai Mondiali el “Un’estate italiana” de Italia ’90 lo canta erguido un gordo bigotudo de pene imposible. Ahí, entonces, el porno y el fútbol se entronizan bajando muñecos de la talla de Lothar Matthäus, Ruud Gullit o, era lógico, el Dieguito subcampeón y puteador.
El pornofútbol da sendas muestras de maridaje cuando, en cada Mundial o competencia internacional, las pornstars se ponen mimosas mandándoles mensajes a sus seleccionados. Y es posible que el caso más emblemático sea el de la blonda y tetona Virginie Gervais quien, entre films de Marc Dorcel y portadas de la FHM, se daba espacio para pispear la Eurocopa 2012 y pronosticar -en sus mismísimas bubis- los resultados de sus equipos favoritos. O en aquel cinco contra uno del volante central Ever Banega: una pajita a puro Xvideos.com. Por caso, ¿integrará la lista final de Sabella? Es muy posible. Y los que sí integran la lista definitiva -de onanistas cachados por hackers y botineras deseosas de botín- son: Ronaldinho, Mauro Zárate, Jonathan Maidana, Gio Dos Santos, entre otros. Y en una referencia pop y viscosa, la modelo criollita Mariana De Melo era quien se adjudicaba el apetito erótico del 10 brasilero más dientón de todos. Y mediante Internet, emerge la posibilidad genital infinita: videos de gente franeleándose en las tribunas. En esa lógica de lugares concurridos, los grandes de Cali –el Deportivo y el América- hacen de local en el Pascual Guerrero y, allí, en un clip que calienta a la popular, tres bestias juegan al Teto entre césped verde y pelotas color piel. Porque el voyeurismo no conoce de límites. Como tampoco lo conoce la “pobre chica” –las comillas entran o salen a gusto personal- del picante sitio Fuck My Jeans, engullida por un equipo entero. 
Y desde acá, una anécdota para la posteridad: en épocas de su paso por el Sevilla español, Diego Armando Maradona, vía dópings y bardos, fue requerido por el Birmingham inglés. Este club acababa de ser comprado por el millonario editor pornográfico David Sullivan. ¡El Pelusa financiado por el porno! Entonces, cuando finalmente el fútbol iba a darle sentido a la historia de la Humanidad, su pase se cayó: terminó jugando en Newell’s. Y esas piernas como macetas, la panza de bomba atómica, la melena enrulada al viento, la finísima estampa de crack y las dos rubias a su lado, con la misma pornografía de un Ron Jeremy sin banana amarillísima y casi nada anacrónico, siguieron vigentes como siempre.

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